Coleccionando domingos.
Sobre los hombres que nos recuerdan a casa.
Es domingo, mis ojos se abren de un salto. Me lavo la cara, me quito la pijama, me recojo el cabello y busco a mamá en la casa de la abuela.
Saludo a papá, lo abrazo fuerte, más fuerte de lo habitual. Él concentrado clava la mirada en la malla de colores que rodea el bastidor.
Acompaño a mamá a hacer la compra. Y ella acompaña a la abuela. Es fin de semana familiar. Ella hace la comida para todos. Mis tías ayudan y nosotros jugamos en el patio.
— ¿Qué le vamos a regalar a papá? — Le pregunto.
— Quizá unos shorts, uno más para su colección.
Yo sugiero, pero ella siempre paga. Yo envuelvo el regalo.
Siempre era buena elección. Acompañado de una tarde de helados y fruta picada.
Ahora es domingo, un domingo con tintes diferentes. Hay comidas familiares, con una nueva familia, nuevas anécdotas, nuevos platillos, nuevos espacios y nuevas historias por escribir.
Después de la almorzar con la abuelita, de mancharnos las manos y la ropa del caldo rojo y espeso, después de tomar limonada fría toda la tarde, viendo cómo el hielo desaparece en el líquido transparente.
Estamos Iván, mi suegro y yo.
Comiendo helado en Parceros. Pedí de limón.
Ellos hablan de “el viejo”, el abuelito de Iván. Los recuerdos que ahora evocan risa y ternura. Anécdotas que se quedan, que hacen sonreír y me dejan con ganas de haberlo conocido. De saber más.
Tomo el móvil y veo las fotos de mis amigxs con sus papás. Leo mensajes hermosos con respuestas recíprocas mientras sonrío como una tonta.
Amigos que ya son papás comparten los regalos de sus hijos, chicos y grandes.
La creatividad se asoma en los deditos manchados de pintura sobre los sobres, en las cartas con letras grandes, los globos, la cerveza y las playeras de fútbol.
Conocí a muy pocos papás de mis amigos. La ternura me invade cuando hablo con ellos. A veces me pasa algo particular: los miro y veo al mío.
Encuentro su forma de vestir, su ocurrencia, su amabilidad.
Hace tres semanas conocí al papá de Kevin: Don William, quien juega cachibol y se dedica a la apicultura en la Riviera Maya. Lo atendí un sábado por la mañana en la óptica. Al escucharlo hablar, me dieron ganas de abrazarlo.
No sé si es mi mente, que busca a mi papá en todos los señores amables con los que me cruzo.
Esa amabilidad tan natural, jovial y orgánica que parece una dulce melodía. Una que no quiero que se termine.
Quizá papá no esté para regalarle un short más para la colección.
Ahora le escribo cartas y escribo sobre él, sobre su abuelo, sus hermanos y ese gusto suyo por las palabras.
Recién escribí sobre él en mi participación en la antología colectiva.
Ha sido uno de mis textos favoritos.
Mi tarea ahora es presentártelo.
Conservarlo en el tiempo.
Como una cometa suspendida en el cielo.
De pequeños hacíamos cometas con él, las armábamos con hojas, periódico y papel china y luego íbamos al campo a intentar volarlas.
No hay fotos.
Solo memoria.
Con amor, Friné.
Gracias por leer y honrar mi escritura.
Abrazooooooo 🤍


