Dinosaurio chimuelo.
Hay batallas que no se olvidan.
Bajo la mirada, lo veo; con sus manitas diminutas, rechonchas, como toma la crayola, como mueve la mano, procurando no salirse de la línea, concentrado, parando la trompa como consecuencia, tal como lo hace su mamá. Se voltea, me mira y se sonroja.
Esa sonrisa, con los dientes expuestos y los ojos grandes, con pestañas largas y mirada dulce.
Ese lunar cerca de la nariz que parece un sol encima de una montaña cada que sonríe, cada que aprieta la cara cuando está muy feliz, cuando algo le gusta.
Hace unas semanas cumplió 7 años, pidió desayunar juntos, jugar, ir al cine y comprar juguetes.
Él me enseñó que es lo que se debe hacer mientras te cantan cumpleaños feliz, te graban y te toman fotos.
Sonreír, sonreír tanto hasta que los ojos se hagan chinitos, hasta que duela la cara.
Disfruto cada minuto verlo existir, como habla; de sus amigos, de sus colores, dibujos, aventuras y animales de la granja de su papi, de las travesuras de su hermano menor, de sus juguetes, las frutas que come y anécdotas de su primo.
El color amarillo es su color favorito, ama coleccionar cositas: juguetes, billetes verdes y peluches pequeños, le encantan los regalos y armar figuras en cubos.
Un día su abuelito le regaló un pedazo de madera y él lo convirtió en un billete gigante verde, su favorito, para luego guardarlo en su cofre de pertenencias valiosas: dibujos, muñecos, billetes y monedas.
Dibuja, colorea y escribe. Le hace dibujos a su tío y le recuerda lo mucho que le quiere, firmando cada dibujo con su nombre completo, haciendo la letra “a” empezando por la bolita al sentido opuesto del reloj, acentuando con el palito y un “Te amo”. Presta atención cuando su tío habla, cuando su tío le enseña sobre las mariposas monarcas, el nombre de los dedos y juegos de mesa. Le propone retos extremos [Ser amigos por 1,000,000 horas] y disfrutan tomar jugo de piña juntos.
Una tarde calurosa, de esos días donde el calor se siente en la piel, que quema, sofoca y aplasta, una temible criatura lo acechaba. Mientras tanto, él estaba despreocupado, ordenando las cartas, coloreando ositos y pensando en el siguiente juego.
La bestia logró escabullirse, corriendo a toda velocidad con sus patas cortas, uñas filosas y voz ardiente. Nicolás peleó y peleó, contra aquel dinosaurio de mordida invertida y nariz larga. Una bestia a que muchos le temen, lo evitan y corren de él. Se esconden. No era la primera vez que atacaba a un ser indefenso. Tenía mala fama en el barrio.
Hasta los hombres más rudos salían despavoridos del animal.
Aquella tarde acabó vencido en una batalla épica, donde llovieron plumones de colores y cartas de juego.
Aquel dinosaurio chimuelo y acabado, por fin.
El triunfo para un artista valiente de cuerpo pequeño, que lleva en la pierna marcas de victoria.
Con todo mi amor, Friné.
Gracias por estar aquí y honrar mi escritura.



Muy bonito, me hiciste recordar la inocencia de mis niños cuando también tenían esa edad.