La sopa de hojas.
La memoria escrita entre harina y papel.
De pronto me encontré sola en la cocina, cortando los mangos gigantes del árbol vecino de Kevin, ese aroma tan peculiar fue la señal perfecta, que me pedía a gritos que le retirara la cáscara amarillenta. Vi como el mango del cuchillo se tiñó de un naranja tenue, sentí mis manos húmedas por la pulpa del mango jugoso que me iba a comer.
El plan era perfecto: picar el mango, meterlo al refrigerador para después comérmelo fresco con una buena cantidad de Tajín encima.
Luego pensé en la abuela y en mis tías.
Y luego en mis primas.
Sentí la necesidad de recordar como la abuela tenía las recetas tan claras en la mente a la hora de cocinar. Muchos años de mi vida la vi pasearse por su cocina descalza, con sus batitas de colores y encajes, picando cebollas y dándoles forma de flor a los rábanos.
Siempre detesté los rábanos. Ese sabor picante y ácido que me hacía apachurrar la cara.
Nunca me gustó.
¿La abuela tenía un recetario? — me pregunté.
Sí, recuerdo un libro viejo con hojas sueltas, amarillentas y llenas de polvo. La abuela lo tenía encima de su ropero blanco. Donde guardaba sus monederos y coleccionaba palanganas de colores. Era más una sopa de hojas, que recetario.
Vi a Mami buscar entre tanto alguna receta. Los ingredientes o porciones.
Espero que mi mente no me esté traicionando.
Ahora necesito saber si alguna de mis tías hizo el suyo.
Quizá mi tía Mildret. La recuerdo hacer anotaciones en su cuaderno de cuadros. Justo como anotaba las medidas de los trajes de carnaval que hacía en la máquina de coser.
Quizá alguna de mis primas adoptó esa pasión por la cocina y el apapacho a través del sazón.
Sé que eso es muy de las abuelas: del amor materno y de casa.
La abuelita de Iván nos consiente de esa manera cada que la visitamos: apapachándolo con sus comidas favoritas, la salsa de habanero y sus aguas de limón.
Hace una semana conocí a la abuelita de Elsy, que había hecho espagueti con carne para que comieran sus hijos y nietos.
Era domingo familiar. Ella los esperaba con la comida lista.
Me invadió una especie de ternura que me dieron ganas de abrazarla.
Así son las abuelas.
Parece que desarrollan un superpoder para transmitir amor en cada bocado.
Amor que se puede palpar.
Hoy me levanté con las ganas de tener un recetario.
De escribir a mano las porciones, dibujar los ingredientes y adornar las hojas de colores.
Pegarle la fotografía y describir el momento de la preparación.
Replicar las recetas de Mami Socorro, de abuelita Candi y las torrejas de mi suegra.
Crear así una nueva misión. Una misión que llene de vida la vida.
De disfrute, de deleite.
Que pueda compartir con amigos y familia.
Recuerdos de oro con Iván. Y platillos deliciosos para la pancita.
Y así replicar y replicar.
Cocinar y cocinar.
Ver las hojas manchadas de harina, huevo o frijol. De alguna salsa picante. Con las huellas de una mano cocinera.
Hay recetas que alimentan el cuerpo. Otras alimentan el recuerdo.
Quizá sea esto, el tipo de herencia que le quiera dejar a los míos.
Hoy salgo en busca de un cuaderno que le haga justicia a este plan.
Con amor, Friné.
Gracias por leer y honrar mi escritura.


