Salar el caldo.
Una pizca, dos pizcas, no es suficiente.
Picar la cebolla, el cilantro, el tomate y calcular bien la sal.
Hacer guacamole era la forma de demostrar mi amor y recibir de regreso, los que sabían le picaban cebolla morada en cuadros diminutos que se resaltan en la mezcla.
Digo era, porque ya no hay guacamoles que hacer.
Ahora los salo.
Broma no es, y menos mentira.
En los últimos meses he salado el guacamole.
Siempre supe que la sal resalta los sabores, los recalca, les ayuda a notarse más, disfrutarse y saborearse mejor. Pero en exceso, fastidia, molesta y entume la lengua. Mi guacamole entume la lengua. Y origina muecas de repulsión que me miran directo y me sacrifican en cámara lenta.
Ponerle la sal, era el último paso, después de echarle cilantro, la sal tomada con los dedos o con la punta del cuchillo, mi parte favorita. Una pizca, dos pizcas, no es suficiente, una pizca más.
Guacamole salado.
Se repite.
Lo peor, es que ahora no me atrevo a hacer caldo, con el miedo de salarlo también. El detalle es que no sé si prefiera presentar a la mesa un guacamole sin sal, insípido, casi muerto.
Insípido o salado.
Un dilema, donde ni uno ni otro se disfruta.
De ser un acto de amor, se convirtió en una falta de respeto, en insulto.
Llegaba optimista frente al bowl, mientras aplastaba los trozos de aguacate con mi tenedor dorado favorito y larguirucho.
— Esta vez no pasará. Pensaba, una y otra vez.
No sé si es la emoción, la mentira, o simplemente ya no sé como querer a través de los guacamoles.
Quizá ya no forme parte de mis lenguajes del amor.
Quizá ya no sepa hacer guacamole y ahora me toca demostrar afecto de otras formas.
No soy experta en la cocina.
Y mucho menos ahora.
Ahora salo el guacamole y quizá todo lo demás.
Después de este texto no creo que mi familia y amigos quieran probar mis platillos.
Lo acepto.




Yo echo de menos los aguacates que encontraba cuando vivía en México, en Italia no se encuentran tan buenos. Probaría tu guacamole aunque estuviera salado 😉